Conozca a los reclusos que trabajan para reconstruir el hogar del Urogallo de las Artemisas
Los participantes en el proyecto Sagebrush in Prisons Project encuentran paz y propósito al ayudar a la recuperación del hábitat de las aves luego de incendios forestales cada vez más devastadores.
Los reclusos del Instituto Correccional de Snake River cultivan plántulas de artemisa en Flying Double F Ranch cerca de Vale, Oregon.
Shawn Virgillo siempre ha amado el aire libre. Creció entre granjas y bosques en Astoria, Oregon, cerca de donde el rÃo Columbia desemboca en el PacÃfico. SolÃa hacer viajes regulares a la frontera oriental del estado para pescar en el rÃo Snake, y solÃa bajar la ventanilla de su automóvil para percibir el aroma amargo y cÃtrico de la artemisa bajo el sol del desierto. Le apasionaba ese olor.
Ahora Virgillo vive a pocas millas del rÃo, pero probablemente no volverá a pescar hasta 2022. Durante dos años ha estado entre los 200 reclusos en la sección de mÃnima seguridad del Instituto Correccional de Snake River, la prisión más grande de Oregón. Virgillo fue condenado por agresión en 2017. ConocÃa a los oficiales que lo arrestaron por su trabajo en el negocio de seguridad de eventos. Fue humillante. "Nunca, jamás creà que era una mala persona", dice. "Cometà un error".
Esta subespecie, retorcida y monótona, rara vez alcanza más de unos pocos pies de altura. Es posible que la planta no inspire asombro, tal como lo harÃa una secoya o un saguaro, pero define su paisaje tanto como lo hacen esos gigantes. La artemisa es la piedra angular de un ecosistema que admite más de 350 especies animales y vegetales. Casi 100 tipos de aves habitan en la estepa de artemisas, y muchas dependen en gran medida, si no del todo, de la propia planta para su alimentación o su hábitat. El Urogallo de las Artemisas, el cual anida debajo de sus ramas y no come nada más que sus hojas en invierno, depende de la artemisa a tal punto que son vistas como emblemas de todo el ecosistema. Y lo que expresan es un ecosistema en peligro. Su población ha disminuido a solo 200,000 de quizás 16 millones antes del asentamiento europeo, tiempo durante el cual el desarrollo, el fuego y otras fuerzas han degradado más de la mitad del inmenso mar de artemisas.
No estaba claro si el proyecto en sà se arraigarÃa cuando comenzó en Snake River en 2014. En ese momento, pocos habÃan intentado cultivar artemisa en las cárceles. Sin embargo, alrededor de 15 hombres produjeron 20,000 plantas ese primer año, y la BLM quedó impresionada con las plántulas saludables. El programa ahora incluye un componente educativo sobre ecologÃa de artemisa y se ha expandido a otras cárceles. En 2019, 519 reclusos en nueve instalaciones en cinco estados cultivaron 421,000 plántulas. En total, estos hombres y mujeres han ayudado a cultivar alrededor de 1,5 millones de plantas de artemisa. Como referencia, en un buen año, la BLM y sus contratistas podrÃan plantar hasta medio millón de plántulas en el distrito de administración de 5.1 millones de acres, el cual abarca el rÃo Snake. "Este programa está restaurando el hábitat y restaurando la esperanza", dice Stacy Moore, quien dirige el proyecto de las cárceles y es directora del programa de educación ecológica del IAE. "Hombres y mujeres me han dicho: 'Esta es la primera vez que he podido retribuir'".
Pero eso más adelante. Ahora deben regresar a sus literas para un conteo antes del almuerzo. El oficial los lleva de regreso. Las puertas de la prisión se cierran detrás de ellos.
Un siglo antes de convertirse en el telón de fondo de innumerables pelÃculas de vaqueros, los viajeros caucásicos pensaban que el mar de artemisas era inhóspito y opresivamente vasto. "No se veÃa nada más que artemisas, o plantas de salvia salvaje, lo cual es extremadamente poco interesante, ya que no tienen ni belleza ni utilidad para recomendar", escribió un expedicionista irritable en 1849. "He viajado durante dÃas antes de llegar al rÃo Columbia, donde no se podÃa ver nada en las tierras altas y las llanuras, excepto las artemisas".
Tales impresiones no eran un simple producto de quemaduras solares o dolor por la montura. Las 18 especies de artemisa alguna vez dominaron unos 150 millones de acres en el oeste. Desde entonces, los humanos han ido reduciendo el hábitat y, en consecuencia, su vida silvestre.
En la región, alrededor de la prisión de Snake River, es fácil observar otras amenazas a la estepa de artemisa. Los agricultores de Oregon han convertido grandes extensiones de matorrales autóctonos en campos de cebollas, papas y alfalfa. En Idaho, justo al otro lado del rÃo, la expansión urbana del subterráneo de Boise destruye más y más artemisas cada año.
Sin embargo, aquà y en gran parte del oeste, existe una amenaza más grande al acecho: el fuego. Entre 2000 y 2018, casi las tres cuartas partes de los acres administrados por el Departamento del Interior que se incendiaron eran matorrales y pastizales, no los bosques en los que uno suele pensar a raÃz de los informes de noticias sobre incendios forestales. Eso incluye más de 15 millones de acres de artemisa perdidos. El fuego está azotando algunas partes de la estepa de artemisa con hasta 50 veces más frecuencia de lo que lo hizo históricamente, y los incendios masivos que cubren cientos de miles de acres se están volviendo cada vez más comunes.
"Estamos perdiendo mucha artemisa y no se está recuperando por sà sola", cuenta Michele Crist, ecologista y paisajista del Programa de Incendios y Aviación de la BLM y miembro de la junta de 91°µÍø. "En cambio, lo que estamos obteniendo son estos monocultivos de espiguilla. Llevará años y años restaurar estos paisajes para que vuelvan a estar dominados por artemisas".
Los participantes parecen genuinamente comprometidos y animados por el trabajo, incluso, como una docena de reclusos en tres prisiones contaron a 91°µÍø, agradecidos por ello. Están agradecidos de poder aprender aptitudes para trabajos potenciales cuando sean liberados. Están agradecidos de que confÃen en ellos. De aprender sobre la naturaleza. De experimentar momentos de paz. De sentirse bien consigo mismos. De ver crecer las plantas. De estar al aire libre bajo la luz del sol—demonios, de estar bajo la lluvia.
Trabajando en filas, un miembro de cada dúo coloca los arbustos jóvenes en los agujeros que cava su compañero, aplicando presión ligeramente con el pie sobre una barrena, una herramienta con una cabeza cónica que refleja la forma de los recipientes de la planta. Se requiere de mucho sudor y esfuerzo para hacer cada hueco en el suelo frÃo y duro, pero a los hombres no les importa. Es un alivio estar al aire libre y una nueva experiencia para algunos de los urbanitas que han pasado poco tiempo en el campo. "¿Esto es mierda de perro?" pregunta un recluso apuntando a masa curtida a sus pies. "Vaca", dice Virgillo llanamente, sin pausar su trabajo.
De vuelta en el invernadero, las plántulas parecÃan llenas de valor y promesa. Repartidas en este vasto paisaje, eclipsadas por los pastos circundantes, parecen demasiado delicadas para aferrarse. Con el fin de darles una ventaja, los gestores de suelo a menudo eliminan las espiguillas con un herbicida y siembran semillas de hierba autóctona que pueden ayudar a ganarle la batalla a la invasora.
Virgillo a menudo considera cómo será su propio futuro. Él anhela ver a sus dos hijos adultos, y otros simples placeres que una vez dio por sentado. "Estoy ansioso por mi propia cocina", dice. "Una cama de verdad, y no una estera de espuma. Silencio en la noche. Las luces están totalmente apagadas".
Esta historia se publicó originalmente en la edición de primavera 2020 como "Outside Job". Para recibir la revista impresa, hágase miembro hoy mismo .
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