Tierra de las aves perdidas: la búsqueda de vida en el bosque de Bioko
Un equipo de cientÃficos estadounidenses se adentra en la remota Guinea Ecuatorial, incluso a medida que el desarrollo desenfrenado amenaza sus espacios naturales plagados de aves.
Members of the Biodiversity Initiative on an expedition in Bioko, Equatorial Guinea.Foto:Tristan Spinski
Si tenemos mucha, mucha suerte, me han dicho, veremos al picatartes cuelliblanco, un ave casi mÃtica cuya población mundial podrÃa rondar tan solo 3.500 individuos. Si tenemos demasiada suerte, descubriremos una nueva especie.
Comprendo lo que quiere decir al dÃa siguiente, a medida que observamos la ladera del cráter. La única señal humana es el sendero enredado con raÃces de 10 extenuantes millas y hasta 4.000 pies de elevación. Al parecer, los ecuatoguineanos no creen en los caminos serpenteantes. En el descanso a mitad de camino, Luke L. Powell, un ecologista de 34 años y especialista en conservación en el Centro Smithsoniano de Aves Migratorias, apenas parece cansado; se habÃa tomado una pÃldora de cafeÃna. Jacob C. Cooper, un estudiante de maestrÃa de la Universidad de Kansas de 24 años, quien recientemente modeló la zona de distribución de casi todas las especies de colibrÃes del mundo, se encuentra enumerando especies de aves utilizando sus binoculares. No puedo comprender una palabra: habla muy rápido, en latÃn. A mi lado, maldiciendo su hábito de fumar, se encuentra Jared Wolf, un ecologista investigador del Servicio Forestal de los Estados Unidos de 35 años que estudia los efectos del cambio climático sobre las aves. Su prometida (y la experta en mamÃferos del grupo), Kristin Brzeski, una genetista de 32 años especialista en conservación que estudia coyotes en la Universidad de Princeton, realiza elongaciones de yoga.
Es la primera expedición del grupo a la caldera, y el primer año de Brzeski en la agrupación . Los muchachos fundaron el grupo en el año 2013 con el fin de explorar las aves en Guinea Ecuatorial, un paÃs que no cuenta con ningún ornitólogo profesional. Hasta ahora, sus expediciones anuales en Bioko y la franja de tierra firme entre Camerún y Gabón han aportado 11 nombres a la lista de aves del paÃs, la cual cuenta con aproximadamente 400 especies. Esperan encontrar docenas más. A su vez, su objetivo es ayudar a fomentar la conservación en este paÃs que está cambiando rápidamente, ya que la riqueza petrolera está impulsando un gran desarrollo.
Finalmente llegamos a la cima, y luego descendimos por la vertiginosa pared interior, sujetándonos de los postes anclados al suelo. Al fondo se encuentra nuestro último obstáculo: el rÃo Ole. El agua recorre un antiguo camino de lava, saliendo del cráter por una impresionante cascada de 75 pies que concluye en el mar que se encuentra debajo. Nos encontramos en enero, plena estación seca, por lo que cruzamos el rÃo con el agua a la altura de los muslos para llegar al Campamento Hormigas. De abril a octubre, cuando caen más de 30 pies de lluvia, el rÃo se expande de manera impresionante, bloqueando todo acceso humano durante la mayor parte de la temporada de lluvias.
Utilizamos la última hora de luz para buscar al legendario picatartes. Wolfe abre camino hacia la cascada con el uso de un machete y seis de nosotros nos apretamos en un farallón de basalto del tamaño de una mesa para observar con nuestros binoculares el abismo de 40 pies de ancho hasta la pared de roca maciza más allá, donde un primatólogo vio aves en etapa de nidificación en marzo pasado.
“¿Cómo se empluman sus crÃas?†se asombra Wolfe.
Exploraremos este sitio primordial durante ocho dÃas. Brzeski colocará una enorme cantidad de cámaras con sensor de movimiento para documentar a la fauna escurridiza. El equipo se adentrará aún más en el cráter en búsqueda de aves, y seremos las primeras personas en pisar la caldera en un cuarto de siglo. Esta promesa de descubrimiento alivia la decepción de no haber visto al picatartes esta noche. “Eso hubiese sido demasiado fácilâ€, dice Powell. “Tenemos toda la semanaâ€.
Nadie se centró en las aves con la misma dedicación. La investigación aviar más extensa realizada hasta la fecha se llevó a cabo en Bioko y en tierra firme durante 100 dÃas desde 1989 hasta 1992. El experto en aves tropicales de la UCLA, Tom Smith, tomó muestras de la ladera de la caldera en otra expedición, en junio de 1996; las condiciones húmedas hicieron que fuera imposible entrar al cráter. Los esfuerzos subsiguientes fueron esporádicos, a excepción de un proyecto continuo: desde 2011, el BBPP ha estado estudiando las aves atrapadas en el Centro de Vida Silvestre de Moka, la única estación de campo del paÃs.
Esta historia irregular hace que el plan de Biodiversity Initiative de regresar una vez al año tenga un valor extraordinario, dice Drew Cronin, un primatólogo del BBPP que supervisa el estudio aviar del grupo. “No contamos con la experiencia que tienen ellosâ€, dice. “Jacob es como Rain Man de aves. Jared es experto en muda: puede determinar la edad de un ave por sus plumas. Y Luke cuenta con una gran conocimiento general sobre aves. Con seguridad podrán documentar más especies.
Reclutó a Wolfe, un estudiante de posgrado de LSU y fundador del Observatorio de Aves de Luisiana, donde Cooper participó como voluntario. “Es un gran ornitólogoâ€, dice Powell sobre Wolfe. “Y necesitaba más apoyo que Jacob, quien era demasiado jovenâ€.
Desde el patio de la oficina del BBPP en Malabo, Cooper podÃa observar las golondrinas EtÃopes. Una nueva especie registrada para Bioko, oculta a plena vista.
Nos movemos lentamente, observando, escuchando. Cooper, con su grabadora de audio encendida, advierte una discusión acalorada entre dos aves con aspecto de mosqueros, regordetas, y con ojos como los de un batis carunculado castaño. Los loros grises, que abundan en Bioko pero escasean en todos los demás lugares debido al comercio de mascotas y a la deforestación, cotorrean en el dosel. Un hadada ibis sobrevuela por encima de nuestras cabezas. En algún lugar, un alción castaño emite un llamado lúgubre; el mejor manual regional dice que esto ocurre solo en elevaciones mucho más bajas. Pasamos sobre una columna de despiadadas hormigas dorylus, las cuales pueden haber atraÃdo al insectÃvoro drongo modesto, cuyos chillidos distintivos con ese sonido casi electrónico se oyen entre los pitidos y silbidos predominantes de la eurillas virens.
Un canto poco familiar hace que Cooper y Powell busquen con avidez al vocalista. Es rojizo y tiene un pico corto: un zorzal de fraser.
Cooper niega con la cabeza. “Suena muy extrañoâ€.
“¿U²Ôa subespecie diferente?â€
Cooper se encoge de hombros. “PodrÃa ser tan solo una canción alternativa que no conozco. Debo investigar másâ€.
En total, los dos equipos detectan alrededor de tres docenas de especies. “No hay tantas avesâ€, dice Powell. Quizás, dice Wolfe, el hábitat no es suficiente, o los primates pueden estar manteniendo las poblaciones de aves en números pequeños. Se desata un debate acerca de la comparación entre la caldera rica en primates y un área con una topografÃa similar en la cual se lleva a cabo la caza desenfrenada. Es el quinto proyecto de investigación posible que he oÃdo desde el desayuno, y aún no hemos comenzado con el marcado.
Por la tarde colocamos 20 redes de niebla de 39 pies de largo entre los árboles que nuestros guÃas habÃan recortado de manera muy competente. Colocamos dos redes más cerca de la cornisa del picatartes.
A una milla del campamento, ya extraño mucho a los maleteros. Y regañándome a mà mismo por no haber añadido pesas en mis caminatas de entrenamiento.
Olvido mi incomodidad cuando vemos el esqueleto de un mono. Brzeski y Wolfe están estupefactos. Estuvieron aquà durante su excursión de ayer sin Cooper; eso no estaba ahÃ. Quizás no lo vieron. O quizás murió ayer por la tarde y las hormigas lo devoraron durante la noche. Es perturbadoramente posible. Los pequeños carnÃvoros son conocidos por dejar los huesos de sus presas limpios.
“Eso describe un picolargo amarillo a la perfecciónâ€, coincide Cooper. “En tierra firme hace tick tick tick tick tick tickâ€.
“¿Esa canción coincide?†pregunta Wolfe.
“Noâ€, dice Cooper, silbando una vez más whewwhew whew whew whoo whoo. La pequeña ave responde. “Nunca habÃa oÃdo eso antesâ€.
Revisará la grabación más tarde, y posiblemente añadirá el picolargo amarillo de Bioko a la lista de aves de la caldera que merecen investigarse como especies distintivas.
En el Campamento Norte, Apolonio prepara nuestra cena a base de pasta y Spam sobre la fogata. Seleccionamos los lugares más nivelados para poner las carpas, y luego nos bañamos en el arroyo cerca del campamento. “Esto es tan lujosoâ€, dice Wolfe.
Antes de viajar a la caldera, el equipo llevó a cabo una sesión de marcado de dos dÃas y realizaron estudios de mamÃferos para 16 estudiantes de la universidad nacional. Es el tercer año que han dictado el curso, que fue donde conocieron a Motove el año pasado. “No hay mucha gente aquà que estudie ecologÃa, silvicultura o biologÃaâ€, cuenta Maximiliano Fero, botánico y jefe de investigación en la universidad, y la persona que emite los permisos de exportación de pruebas biológicas para la Biodiversity Initiative. “De a poco está creciendo, pero es por eso que las colaboraciones con los socios internacionales como Biodiversity Initiative son tan necesariasâ€.
En los papeles, un cuarto de Guinea Ecuatorial está protegido, pero la caza furtiva y la tala ilegal están fuera de control. La agencia para las áreas protegidas del paÃs, INDEFOR-AP, está motivada para realizar estudios biológicos y frenar las actividades ilegales, cuenta Cronin del BBPP, “pero cuentan con un presupuesto mÃnimo y muy poco apoyo polÃticoâ€.
Se podrÃa utilizar una subvención de USD 50.000 del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los EE. UU. a la que Biodiversity Initiative se ha postulado para expandir las operaciones el próximo año, formando a más estudiantes y cientÃficos federales. Hacer que los habitantes locales recopilen datos durante todo el año expandirá el conocimiento de la avifauna del paÃs, y la presencia de investigadores en áreas protegidas ayudarÃa a disuadir las actividades ilegales, según lo evidenciado durante la redada de los madereros.
Tener personal en las áreas es fundamental, dice Gonder del BBPP. En Moraka, el campamento de las tortugas marinas, los cazadores furtivos no se acercan cuando hay voluntarios presentes. Cuando se van, los cazadores van al lugar, según lo evidencian los casquillos de escopeta.
“Hemos visto ir y venir a muchos investigadores internacionales y organizacionesâ€, cuenta Gonder. “Guinea Ecuatorial es un lugar muy desafiante para realizar trabajos de conservación. Hay que tener contactos en todos los niveles, desde la gente local hasta los sectores más altos del gobiernoâ€. El BBPP ha estado trabajando de forma extensiva con el gobierno con el fin de instaurar polÃticas de conservación, crear áreas protegidas en Bioko, ayudar a financiar el departamento de estudios ambientales de la universidad, y contratar empleados locales para que lleven a cabo diversas tareas, desde realizar estudios sobre la vida silvestre hasta proveer asistencia en turismo. A Gonder lo motiva la campaña de Biodiversity Initiative de volver cada año, colaborar y expandir su alcance. “Tanto Luke como la gente con la que trabaja parecen estar muy comprometidosâ€, cuenta, “y necesitamos eso aquÃâ€.
Powell cuenta que están en esto a largo plazo—pero no para siempre. “Queremos no ser necesarios en algún momentoâ€, dice. “Queremos capacitar a la gente para que realicen labores de conservación, y dejarlos que protejan su propia herencia naturalâ€.
En nuestro penúltimo dÃa en la caldera, dejamos el Campamento Norte para dirigirnos a Hormigas. Brzeski y Wolfe se detienen en las cámaras a lo largo del sendero para cambiar las tarjetas de memoria llenas por unas vacÃas; un voluntario de Moraka las recogerá en abril. Se retrasan. Cooper se encuentra explicando su desconfianza hacia los babuinos y su temor de las tortugas mordedoras cuando sus gritos nos detienen. “¿Están heridos?†pregunta Cooper. No sabemos. Volvemos corriendo por el sendero.
Tenemos tres horas de luz. Wolfe, visiblemente emocionado, ayuda a Brzeski a verificar las demás cámaras. El resto de nosotros—Powell, Cooper, Motove, el fotógrafo Tristan Spinski, y yo—intentaremos atrapar a esta escurridiza ave.
Powell se encuentra en modo lÃder, dándole instrucciones a Motove para que coloque dos redes, una a cada lado del árbol de ceiba de 150 pies por el que vimos pasar al picatartes. Eso nos da una probabilidad de atraparla de un 10 por ciento. “Buenoâ€, reconsidera por un momento, “digamos siete por cientoâ€.
Ya con las redes colocadas, nos juntamos alrededor de Powell para obtener las instrucciones finales: cada uno tomará un cuadrante, le dará la espalda a la red y permanecerá quieto. Spinski se posicionará al otro lado del árbol, el mejor lugar para obtener una buena toma. Si un pica ingresa a un cuadrante, debemos avisarle a los demás y luego ahuyentarla hacia las redes. “Seguro no te hará dañoâ€, dice Powell. “Es de aproximadamente un tercio del tamaño de un polloâ€.
“Silba como el canto de un carbonero de Carolinaâ€, dice Cooper. “Nada aquà suena como esoâ€.
La respuesta a esta sugerencia son tres miradas perplejas. El fotógrafo, el Ecuatoguineano y yo no tenemos la menor idea de cómo suena un carbonero de Carolina.
Por momentos, la espera se torna excitante, desesperante y tediosa. En un momento, un estruendo cercano me asusta y me caigo del tronco donde estaba sentado. De seguro fue tan solo un roedor.
Luego de 45 minutos, Powell dice que es suficiente. “Cielos, está aquà en algún ladoâ€, dice. “Tenemos que regresarâ€. Cooper le da una palmada en el hombro. No van a volver este año. Mañana nos vamos de la caldera.
Los maleteros aparecen a la mañana siguiente y se llevan nuestras cosas. Luego de una última sesión de marcado—nueve aves, una recaptura—los seguimos, cruzando el rÃo y fuera del cráter. Pasamos la noche en Moraka, con el ruido de las olas que apenas tapan los gritos de los damanes. Al dÃa siguiente continuamos nuestro camino junto a la playa, cada paso acercándonos más a la cerveza frÃa y el pollo frito. La caldera se extiende a lo lejos, ya a una gran distancia.
Los cientÃficos se diseminan por la estación de campo de Moka al dÃa siguiente. Cooper se encuentra avistando aves; y añade al carricero tordal a su lista de aves del paÃs. Powell se encuentra organizando la información que Fero necesitará para emitir los permisos de exportación para la sangre y las plumas de las 780 aves que el equipo capturó durante su expedición de un mes. Wolfe está lavando ropa. Brzeski está con su computadora, observando las filmaciones de las cámaras. De repente, se le escapa un grito de alegrÃa.